Como un caracol – Parte II

(Continuación de Como un caracol – Parte I)

Tras haber encontrado un nuevo trabajo que me ofrecía mayor estabilidad laboral y salarial, tenía que decidir si quería seguir viviendo en Folkestone o buscar un nuevo sitio en Canterbury. Al principio decidí probar con la guagua, pensando que sería divertido viajar en un double-decker todos los días por la campiña inglesa, pero en poco menos de un mes los 50 minutos de trayecto empezaban a desesperarme cada vez más. Sabía que mis días de commuter llegarían a su fin.

Buscar una nueva habitación en Canterbury se presentó como un auténtico reto. La pequeña ciudad medieval cuenta con una impresionante catedral Patrimonio de la Humanidad, tres universidades y cientos de miles de estudiantes de todas partes del mundo. Estos tres ingredientes la convierten en una de las ciudades mas inaccesibles y caras de Reino Unido, donde los precios por una habitación en casa compartida se equiparan a las de Londres.

Después de semanas de búsqueda online, di con un anuncio en spareroom.com de un chico que alquilaba una habitación a un precio “razonable”: 395 libras al mes con todos los gastos incluidos. Las fotos tenían buena pinta, y la localización era perfecta, a tan solo 15 minutos caminando de mi trabajo. El problema es que tenía que convivir con el dueño de 35 años que solo buscaba “chicas maduras y ordenadas”. Eso me echaba para atrás, pero ya estaba a mitad de Agosto y necesitaba encontrar un lugar nuevo para mudarme en Septiembre, cuando se terminaba mi contrato en la casa de Folkestone, así que decidir darle una oportunidad.

Me enamoré del lugar a primera vista. Era una casita centenaria típica inglesa, vieja por fuera pero reformada por dentro, pequeña pero súper acogedora y con jardín. Y lo mejor de todo es que el dueño, Ben, era encantador. Así que cambié mi habitación con vistas al Atlántico por una rodeada de árboles, desde la que podía ver las torres góticas de la catedral asomándose a lo lejos. Todo iba bien, estupendamente bien. Hasta que una mañana, cuando estábamos preparando cada uno su desayuno en la cocina, decidió revelarme su gran secreto.

– He comprado Earl Grey en la tiendita de al lado, el dependiente me ha dicho que el aroma que desprende en la taza es algo de otro mundo. ¿Te apetece un poco de té?

– No, gracias, no puedo beber tés que contengan teína, solo rooibos.

– Ah, ¿y café?

– No, tampoco puedo tomar café, ni alcohol, ni Coca-cola…

– ¿Tienes problemas de corazón o tensión alta?

– No. Es que soy mormón y no se nos está permitido beber ningún tipo de bebidas estimulantes.

– Mor… ¿qué?

Yo respeto todas las creencias, pero el problema con los mormones es que sus enseñanzas son tremendamente retrógradas y machistas. Por ejemplo, en el Libro del Mormón está escrito que un hombre y una mujer no pueden estar a solas en la misma habitación, a menos que estén casados, y para yo poder vivir en la casa, él tuvo que pedir un permiso especial al presidente de su parroquia en Canterbury. Cuando conocí a Andrew empecé a tener más problemas con Ben; no permitía que se quedara en la casa conmigo ni viniera a visitarme porque “nuestros actos” iban en contra las leyes de su Dios —podrán imaginarse mi cara—.

A todo esto se le sumaba que Ben, a parte de ser mormón, era un guarrón. Dejaba los platos sucios en el fregadero durante días -esperando a que el ángel de la guarda mormón viniera a fregarlos-, la moqueta del salón estaba llena de polvo y había telarañas por todos los rincones de la casa. Incluso dejaba sus calzoncillos en el baño y usaba mi gel de Soap&Glory de 9 libras la botella —todos tenemos nuestros pequeños lujos— para darse baños de espuma. Como dirían en mi barrio, ¡tenía más cara que espalda!

Llegó un momento en que las limitaciones morales-religiosas, los excesos de suciedad y su falta de respeto hacia mi como compañera de casa me obligaron a hacer la maleta y buscar un sitio nuevo para vivir. Pero si pensaba que con Ben las convivencia era complicada, era porque aún no había conocido a Sarah, mi siguiente compañera de piso.

Nunca logré entender si sufría de algún tipo de condición mental, pero mi teoría es que a veces mezclaba las pastillas que tomaba para tratar su trastorno con una botella diaria de vino tinto y por eso actuaba como lo hacía. Nunca, en los casi 6 meses que compartimos piso, me dirigió la palabra. Solo se comunicaba conmigo a través de mensajes de texto notitas que dejaba pegadas por toda la casa, principalmente para echarme la bronca por algo que había hecho mal y que le había molestado, como dejar una bolsa del supermercado fuera del cajón o no ordenar minuciosamente los cojines del sofá. Una vez, incluso, dejé mi portátil en el salón y mi manita en el sofá; a la mañana siguiente, mi MacBook Pro amaneció en el suelo y la manta enrollada en la encimera de la cocina —nuevamente, mi cara de WTF no tenía precio—.

Obviamente, vivir con una alcohólica depresiva que padece TOC no es muy divertido, así que decidí volver a meter todas mis cosas en cajas para mudarme de nuevo. Encontrar un lugar para vivir en el país de la lluvia es toda una odisea, y para mí esa búsqueda dura hasta día de hoy —y viendo el panorama, me atrevería a decir que aún me quedan años por delante para poder asentarme en ese lugar tan esperado al que poder llamar home—. De momento, mientras sigo caminando como un caracol sin concha, me refugio en los brazos de Andrew, porque solo cuando estoy con él es cuando me siento verdaderamente como en casa.

"Mi hogar está donde estés tú".

“Mi hogar está donde estés tú”.

Nunca es tarde… para ir a París

Mi madre siempre había soñado con ir a París. Le habían contado que era la ciudad del amor, que allí los deseos se hacían realidad y que, probablemente, sería donde un príncipe le entregaría su corazón.

Pasaban los años, y aunque todos los hombres que se cruzaban en su camino le prometían que la llevarían a París, ninguno cumplió su promesa. Después de varios sapos y muchas mentiras, mi madre terminó por renunciar a la ciudad de sus sueños. Pensó que, si ninguno de sus caballeros había conseguido planear ese viaje tan anhelado, a lo mejor es que el destino no quería que ella fuera.

Lo que mi madre no sabía es que el destino le estaba diciendo que tenía que ir a París con otro amor, uno de verdad.

Yo había tenido la suerte de haber visitado la capital francesa dos veces, pero esta tercera vez ha sido, sin duda, la que más ilusión me ha hecho. No solo por poder recorrer cada rincón parisino con mi mejor compañera de viaje, sino porque algo mágico pasó.

Aprovechando que mi madre venía a visitarme a Inglaterra, pedí unos días libres en el trabajo y ahorré dinero durante meses para poder comprar los billetes de tren y pagar una noche de alojamiento. París, como muchos saben, no se caracteriza por ser una ciudad barata; pero todos los esfuerzos se vieron recompensados cuando vi la cara de felicidad de mi madre al decirle que iba a conocer a la mismísima Mona Lisa en persona.

La desperté un miércoles a las 4 de la mañana y le dije que nos íbamos de excursión, pero que no podía decirle a dónde. Salimos de mi casa y nos encaminamos a la estación de Canterbury West para coger el primer tren que salía en dirección a Ashford International. Mi madre no entendía nada. “¿Qué es Ashford? ¿Qué hacemos aquí?”, me preguntaba. “Vamos a ver el amanecer”, le decía yo entre risas nerviosas. Cuando llegamos a la terminal de salidas internacionales le di un papel que citaba a Audrey Hepburn: Paris is always a good idea. Ella seguía sin entender. ¿Qué tenía que ver Ashford con París? Entonces le pedí que se diera la vuelta y apareció ante sus ojos un cartel de Eurostar que decía: Solo estás a dos horas y media de París en tren.

Y ahí empezó a llorar. Y ya no pudo parar. Cruzó el control de fronteras llorando, esperó en el andén llorando y se sentó en el tren llorando.

“Hoy has hecho magia”, me dijo entre lágrimas, “has cumplido un sueño al que yo ya había renunciado”.

“Hace un tiempo te dije que solo un amor verdadero podría llevarte a París, ¿y quién te quiere más que yo?”, le respondí.

Sé que puede parecer una locura, que una ciudad no es más que un lugar lleno de gente que cruza los pasos de cebra con prisas y donde se erigen edificios altos y modernos que se entremezclan con otros más antiguos llenos de historia. Pero yo creo que algunas ciudades tienen poderes especiales. Ya lo escribí hace un año, cuando me conquistó la luz de París. Si algo me ha enseñado este viaje es que nunca es tarde para cumplir un sueño, no importa lo lejos que esté o cuánto cueste. De alguna forma, pasará. Y cuando pase, creerás en la magia para siempre.

 

París collage

Como un caracol – Parte I

En inglés existen dos términos que, aunque puedan parecer lo mismo, encierran significados totalmente distintos: house y home. La primera es un edificio donde tú habitas, donde guardas tus pertenencias y descansas por las noches después de terminar tu jornada laboral, y puede gustarte o no, pero nada te aferra a sus paredes porque quizás no has vivido entre ellas ningún momento especial. La segunda es ese lugar donde sientes que puedes ser tú, y no solo por las cosas que tienes o por los elementos que te rodean, sino por cómo te hacen sentir; es a donde perteneces, donde tus pies se anclan al suelo como diciendo “este es mi sitio”. Puede ser una ciudad, una playa, una cueva o los brazos de una persona. Tal y como le escribió Sarita a Lucas en Los Hombres de Paco.

Asentarse en un país extranjero no es tarea sencilla. A la carga emocional de dejar a tu familia y tu hogar por detrás se le suma la responsabilidad de encontrar un lugar donde te sientas como en casa, sabiendo que todos los pagos y las gestiones dependen solamente de ti. A pesar de estar a miles de kilómetros de distancia, hay que sacar las ganas y las fuerzas para hacer que tu vida en un nuevo país sea lo más placentera posible. Aunque no es fácil. Nada fácil.

La primera vez que me separé de mi familia fue cuando me mudé a Barcelona con 18 años para estudiar en la universidad. Mi compañera de clase Irene y yo aprendimos a convivir en nuestra casita de Cerdanyola del Vallés, a pesar de nuestras manías y de nuestras rarezas, respetándonos y haciendo que nuestro tiempo juntas fuera lo más fácil posible. Y gracias a esa experiencia me gané una gran amiga, una hermana. Al llegar a Inglaterra pensé que encontraría a una nueva Irene con quien poder vivir y compartir valiosos momentos como los que nosotras tuvimos en Cerdanyola. Pero no. Irene solo hay una y actualmente vive en Badalona.

Ya he contado varias veces que cuando llegué al hotel de Folkestone nada era como me habían prometido. Bárbara y yo, dos mujeres hechas y derechas, que llegamos al pueblo costero de Kent con maletas llenas de ropa y pertenencias para vivir un año en Inglaterra, nos vimos compartiendo días y noches en una pequeña habitación donde apenas teníamos sitio para guardar nuestras cosas… ya se pueden imaginar el cuadro. Lo bueno es que la canariona pelirroja se convirtió en mi compañera de risas y llantos, ya que sin ella no habría sobrevivido el mes y medio que trabajé en el Hotel del Terror.

Cuando decidí dejar mi trabajo de chambermaid -porque suena mejor en inglés que decir “chacha” o “limpiadora de habitaciones”- tuve que mudarme del hotel. Días antes de desesperación sin saber qué hacer o a dónde ir, apareció en mi vida un ángel de la guarda llamado Annette que me acogió en su casa durante dos semanas a cambio de £200. El alquiler de la habitación no era precisamente barato, pero me dio justo lo que necesitaba: un techo bajo el que poder dormir y cenas en familia con ella y su hija de 13 años mientras veíamos Britain’s Got Talent. Todo iba perfectamente, hasta que Annette confundió su rol de casera con el de madre controladora y empezó a tratarme como si tuviera la edad de su hija: “cA dónde vas?”, ¿Con quién?”, “No vuelvas tarde”, “¿Vas a venir a cenar?”. Justo cuando la situación se tornaba un tanto insoportable, encontré un trabajo nuevo que me permitió retomar mi libertad y mudarme a otra casa. Y Annette pasó a ser una amiga a quien visitaba una vez a la semana y que cuidaba de mi desde la distancia.

Mi vivencia en el número 5 de The Parade, Folkestone, podría estar a la altura de las historias relatadas por Julio Cortázar en Todos los fuegos el fuego. Once personas compartiendo una casa centenaria de cuatro pisos, seis habitaciones, dos baños y una cocina. Yo vivía en el primer piso, en una habitación doble con vistas a colinas verdes y al mar, y en la que por las noches podía oír el rugido de los barcos que atravesaban el Canal de la Mancha.

En la habitación de al lado, una pareja de 60 años que pasaban los días entre botellas de vino y pintas de cerveza; a veces a él se le iba la mano, y yo escuchaba cómo ella lloraba bajito por las noches. Intenté hacerme su amiga y de vez en cuando la invitaba a subir a la cocina para tomar un té juntas, y ella me contaba historias sobre los países que había visitado con su ex marido, antes de que él falleciera. Aún recuerdo sus ojos amarillos, reflejo de su hígado lleno de alcohol, y cómo temblaba cada vez que entraba en su habitación, aunque nunca tuve claro si era por el efecto de las decenas de cervezas que bebía a diario o por el miedo que le recorría el cuerpo esperando a que su compañero de juergas volviera a casa.

A los demás inquilinos nunca los llegué a conocer bien. Sólo sabía que por encima de mí vivía Lee, un cuarentón hiperactivo que hablaba muy rápido y se reía a carcajadas cada vez que se encontraba conmigo en la cocina, como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo -luego me enteré que sus espasmos y su risa eran efecto de las drogas que consumía- y Paul, el vecino más joven después de mí, al que apenas veía pero de cuya habitación salía una mujer diferente cada mañana. El último piso era un misterio. En dos habitaciones se repartía una familia polaca de cuatro miembros que no hablaban con nadie, y que bajaban a la cocina a hurtadillas, sin hacer ruido, como si no quisieran que nadie se enterase de que estaban allí.

La compañía no era la mejor, pero lo cierto cierto es que mi habitación era grande y estaba amueblada, la cocina y el baño estaban en condiciones aceptables, y lo mejor de todo es que solo pagaba £295 al mes con facturas de agua y luz incluidas -sí, eso  en Inglaterra es una ganga-. Se convirtió en mi trinchera de independencia y libertad, y con el poco dinero que me quedaba tras pagar el alquiler, aprovechaba para comprar cositas y decorarla a mi gusto. Allí viví cuatro meses, hasta que mi situación laboral me hizo abandonar Folkestone para buscar nuevas oportunidades en Canterbury…

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“El hogar no es un lugar, es un sentimiento”.

Reactivándome

Después de varios meses absorbida por una espiral de gandulismo y falta de motivación, he decidido apuntarme al gimnasio de nuevo… ¡y qué bien sienta! No hay nada peor en este mundo que abandonarse a uno mismo y ver cómo en cuestión de semanas todo tu organismo decide rebelarse en contra tuya: empiezas a sentirte más débil, cansada y apagada que nunca, aparecen rollitos de grasa en lugares insospechados, como esa “barriga gandulera” que se revela cada vez que te sientas incómodamente en una silla y que te recuerda que los crop tops no son tus mejores amigos —por mucho que las revistas de moda se empeñen en que toda mujer debería tener uno en su armario—. Hasta que llega el momento que te paras a pensar y te dices a ti misma: oye, oye, oye… ¡a esto hay que ponerle remedio!

Para ser justos, después de estar 8 horas de pie trabajando y soportando los berrinches de clientes quejicas, lo último que me apetece es enfundarme en mallas de lycra y un sujetador súper ajustado de neopreno —esos que hacen que mis pechos pasen de una 95C a un “¿dónde están mis tetas?”— para dirigirme a una clase de Body Pump o correr una hora en la cinta. Pero he logrado sacar mi espíritu de Super Woman y dejar las excusas a un lado. Eso, y porque me he dado cuenta de que mi cuerpo se ha convertido en un anuncio andante de donde trabajo. Mis curvas antes decían: “Hola, guapo, ¿te apetece embarcarte en una aventura salvaje recorriendo mis sinuosas mis curvas?”. Ahora, mis chichas gritan: “¡Ven a Patisserie Valerie, come tartas y te convertirás en un michelín andante, como yo!”.

Vale, quizás estoy exagerando, pero está claro que el cuerpo es súper malagradecido. Por eso hay que tenerlo contento, porque me he dado cuenta de que mi estado físico no solo repercute en mi autoestima, sino también en mi percepción de la vida. Cuando hago deporte me siento sana, viva, poderosa, llena de energía; noto cómo las endorfinas se activan y llenan mi cuerpo de felicidad y satisfacción, sintiéndome orgullosa del sudor que empapa mi cuerpo. Cada gota que resbala por mi frente me dan ganas de querer dar más de mí, y las agujetas del día de después me recuerdan que me estoy haciendo más fuerte. Y cuando la motivación falla, pienso en cuáles son mis objetivos, en por qué estoy haciendo lo que hago.

No se trata de vanidad, de querer estar flaca, musculosa o potentorra para que los hombres se giren por la calle a mi paso y me silven o escaneen mi culo con rayos infrarrojos como si fueran Supermanes pervertidos. Quiero ser feliz conmigo misma, poder mirarme al espejo, guiñarme un ojo y decirme “guapa” porque estoy orgullosa de lo que veo. Es verdad que la sociedad tiene que aceptarnos tal y como somos, sin importar los kilos que marque la báscula o que tus vaqueros sean una 36 o una 46, pero también creo que es esencial luchar por ser la mejor versión de uno mismo. Porque lo fácil es quedarse echado en el sofá todas las tardes, viendo cómo tu cintura crece y crece, y no hacer nada al respecto.

Ir al gimnasio, salir a caminar, correr por las mañanas o apuntarse a clases de salsa no debería ser una tarea tediosa, sino un compromiso que tienes contigo mismo para darle a tu cuerpo lo que se merece. Solo tenemos uno, y hay que tratarlo como a un rey o una reina. Proveerlo de cosas buenas, hacerle feliz con lo que necesita. Decirle todos los días: “Su majestad, aquí tiene su dosis diaria de actividad física y energía positiva”. Llámalo Operación BikiniMisión Mata-chichasPlan Fitness 3.0… llámalo como quieras, pero hay que ponerse a ello. Y no porque tengamos miedo a que nos llamen “gordos”, “gandules”, “hermano de Michelín” o cualquier otra ridícula etiqueta que te puedan colgar; sino porque lo que importa eres tú. Y tú eres tu cuerpo.

Y no lo dejes para el lunes... ¡empieza hoy!

Y no lo dejes para el lunes… ¡empieza hoy!

Elaborando el plan (im)perfecto

Me quiero ir a Inglaterra y no sé cómo. ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo busco trabajo? ¿Es mejor utilizar una agencia o hacerlo por mi cuenta? ¿Dónde vivo, con quién, en qué zona? ¿Es Londres la mejor opción? Heeeeelp!

Miles y miles de preguntas revolotean en tu cabeza cuando empiezas a plantearte dar el gran salto de marcharte a otro país. En el caso de Inglaterra me atrevería a decir que es aún más complicado; tenemos tanta información sobre cómo es la vida allí, su situación laboral y las experiencias que nos cuentan otras personas que al final no sabemos ni con qué consejos quedarnos. Lo que le funciona a unos puede que no les sirva a otros, sobre todo teniendo en cuenta de que nuestros objetivos pueden ser completamente distintos. Hay gente que quiere vivir en Inglaterra una temporada para mejorar su inglés, otros solo quieren salir de España de forma desesperada para poder construir una vida nueva lejos del País de Nunca Jamás. En mi caso, era una mezcla de todo un poco, ya que a estas dos motivaciones —sabía que solo podría mejorar mi inglés conviviendo día a día con el idioma y estaba harta de la situación laboral en España— se le sumaba otra mucho más importante: vivir en Inglaterra era mi sueño desde que tenía 10 años.

Llevaba tiempo planteándomelo pero no había encontrado el momento perfecto. Hasta que al final la vida reunió todos los ingredientes que me hacían falta para terminar dando el gran salto. Mi novio me había dejado, había terminado la carrera hacía un año y las únicas oportunidades laborales que se me presentaban eran trabajando de becaria sin cobrar o con contratos fantasma en los que mi sueldo se parecía más a la paga semanal que me daban mis padres cuando era adolescente. Así que decidí que ya nada me ataba a mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, y aunque iba a ser difícil dejar atrás a mi familia, a mis amigos y a mi perro, sabía que tenía que lanzarme a por ello. Y fue ahí cuando empezaron a surgirme todas esas dudas.

Mi primera opción fue irme a trabajar de au pair. No tenía muchos ahorros y me daba pánico mudarme a un país nuevo sin un plan concreto, así que irme a vivir a casa de una familia inglesa y cobrar semanalmente cuidando de los niños se presentó como el mejor recurso para poder salir de España sin tener que gastarme miles de libras en el intento. Lo que nunca imaginé es que terminaría siendo una de las peores experiencias de mi vida. Después de tres meses de sufrimiento conviviendo con la familia Monster decidí que era mejor tirar la toalla, coger un vuelo de regreso a casa y plantear un plan B. Estuve meses sin saber qué hacer, mirando todas las opciones, pensando en contratar una agencia para que me ayudara a encontrar trabajo y casa en Inglaterra, valorando si la mejor opción era irme a Londres o poner las miras en otra ciudad donde el nivel de vida fuera un poco más asequible para mí, ya que seguía sin tener ahorros suficientes para irme a lo loco.

Después de leer cientos de opiniones en Foro Londres y posts en el grupo de Facebook Españoles en Londres, y de navegar por blogs como Trucos Londres, Isla Imaginación y Diario de un Londinense, llegué a varias conclusiones:

  • Contratar una agencia es un gasto innecesario de dinero, porque al final van a hacer lo mismo que podrás hacer tú por tu cuenta, que es buscar casa y trabajo. Además, encontré demasiados testimonios negativos de personas que habían contratado este tipo de servicios y al final se había arrepentido, por lo que esta opción quedó descartada.
  • Londres pronto pasó de ser mi primera opción a convertirse en un sueño pospuesto para un futuro lejano tras hacer un repaso por los precios de alquileres y las condiciones de vida en la ciudad. Me atrevería a decir que necesitas ahorrar 3.000 euros como mínimo antes de arriesgarte a perseguir tu sueño en la City; muchas personas optan por pagar un albergue los primeros días hasta que encuentran trabajo y alojamiento, y poco a poco el plan va cobrando forma. Pero, aún así, alquilar una habitación en la capital en una casa más o menos digna y no muy alejada del centro nunca va a bajar de 600 libras al mes —alrededor de unos 750 euros—.
  • Existen otras ciudades con buenas oportunidades laborales y alquileres más baratos que se están convirtiendo en destinos más populares para los españoles que deciden emigrar, como Reading, Canterbury, Portsmouth, Brighton o Manchester.

Poco a poco, con toda la información en el bolsillo, me fui creando un esquema de lo que sería mi vida en Inglaterra. Hasta que me llegó la oportunidad que cambiaría todos mis planes y haría que las cosas fueran mucho más sencillas —o eso pensaba—. César Quintana, estafador magnate de un hotel de 0 estrellas en Folkestone, se presentó ante mí con una oferta de trabajo que no podía rechazar. Trabajar y vivir en un hotel, cobrando y sin tener que pagar alojamiento era, sin duda, el tipo de oportunidad que estaba esperando. Una vez más, escogí la opción fácil… y una vez más, volví a equivocarme. Después de un mes en el Hotel del Terror decidí empezar a moverme por mi cuenta: retomé mi libreta de recortes con toda la información que había recopilado meses antes desde casa y apliqué la teoría a la práctica, solventando los problemas que iban surgiendo en el campo de batalla.

Al final me he dado cuenta de que por mucho que te informes, por muchas experiencias que escuches o que leas de otras personas que están viviendo en Inglaterra, al final lo único que cuenta será tu determinación por hacer que las cosas pasen. Los miedos estarán presentes, y solo serás capaz de superarlos a medida que vayas luchando contra ellos, porque a lo lejos todas las preguntas se presentan como gigantes, pero poco a poco irás aprendiendo que no son más que molinos que se mueven con el viento —y ten claro que soplará en tu contra a veces—. A pesar de la mala experiencia que tuve como au pair, yo tenía claro que quería volver a marcharme, y creo que ese es uno de los puntos claves cuando estás elaborando tu plan (im)perfecto. Tienes que tener claro que te quieres marchar. Es lo único que te dará la fuerza y el valor suficientes para hacer las maletas.

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¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto? – Mafalda